domingo, 7 de enero de 2018

Volveremos a encontrarnos

Soy tu amo..., eres mía.
Parece que no puedo poseer tu alma
sin perder la mía.”
Forastera, Diana Gabaldon



La noche del ritual de los sueños compartidos, Wakanda, la de poder mágico, compartió con el resto del clan uno de los sueños que más recientemente había tenido y que la había inquietado como hacía mucho tiempo que ningún otro sueño lo había hecho. Era la pupila del chamán. Sus cualidades, así como el hecho de ser una elegida del Gran Espíritu, la habían convertido en un miembro reconocido del clan Águila, perteneciente a la gran nación iroquesa, desde muy temprana edad.

Wakanda no había soñado con muertes, con espíritus malignos, ni tan siquiera con desastres naturales. Había tenido un sueño hermoso. Era una cálida noche de verano, y ella estaba tumbada sobre la fresca hierba del prado, contemplando plácidamente la lluvia de estrellas que todos los años se sucedía desde tiempos inmemoriales. Entre todos los miembros del clan llegaron a la conclusión de que se trataba de un sueño de mal agüero.

Cuando pasó la estación fría, empezaron a verse por la zona hermanos lakotas, pueblo de las grandes llanuras, nómadas que iban cambiando su residencia en busca de rebaños de bisontes. No era la primera vez que, alguna mujer de su clan se había unido con uno de estos hermanos, y por tanto, había sido asumido como un miembro más del clan. Y así fue como Magena, luna creciente, se unió a Logan, nube en lengua sioux, dejando patente para el chamán que ese era el origen del sueño de Wakanda.

Para Wakanda, la unión de Magena con aquel hombre, fue peor que cualquier tortura. Habían crecido juntas, sus familias habían ocupado espacios contiguos en la casa comunal, y lo que las unió desde pequeñas iba más allá de lazos de hermandad o amistad. Los demás miembros del clan lo sabían desde que eran pequeñas, ambas eran dos-espíritus, hecho que fue considerado como un regalo del Gran Espíritu para con el clan. Y, por ello, desde pequeñas, gozaron del respeto y admiración de todos, siéndoles otorgado un grado mayor de libertad de lo que era normal para los otros niños.

Gustaban de ausentarse, se escabullían del resto de niños para estar solas, y era de su gusto ir al lago, a bañarse en tiempos de calor, y en tiempos de frío, a deslizarse sobre la gruesa capa de hielo que sobre él se formaba. Según fueron creciendo, esos lazos se estrecharon más allá del plano espiritual para materializarse en el plano físico. Wakanda recordaba con especial ternura cuando Magena, supo de la muerte. Ella tenía mayores conocimientos de la vida, instruída desde pequeña por el chamán, pero entendía que para el resto de niños tomar conciencia de la muerte era un momento bastante difícil de superar. Así que, limpiándole las lágrimas de las mejillas, comenzó a explicarle con extrema ternura:

Cuando morimos, una parte de nuestra alma se refugia en un limbo de recuerdos donde, paciente y descansada, alimentándose del propio humor que desprenden esos recuerdos, espera el momento y el lugar adecuado al que debe regresar. En cierto modo, eso nos convierte a todos en un único ser, compartiendo todos, los sentimientos que en otros tiempos u otros lugares compartieron otras personas antes que nosotros. Nos buscamos por el mundo, hasta que, por fin, nos encontramos. Por eso, no llores, preciosa luna creciente, porque no importa el tiempo que pase, nos volveremos a encontrar.

Por eso, Wakanda, el día que Magena se unió a Logan, sin comprender qué había sucedido, se refugió en el lugar más oscuro que se pueda encontrar en el alma de una persona. Y el chamán temió no sólo que no regresase sino que se perdiese en ese laberinto de múltiples e inciertos caminos de los que se construye el alma humana.

Magena era, lo que en honor a su nombre debía ser, inmadura, voluble e inconstante.
Cualidades que, a pesar de los inconvenientes, la convertían en un ser adorable. Pero tras esas cualidades, se escondía una sombra que ni el chamán había sido capaz de descubrir. Una mañana, Magena fue a visitar a Wakanda, pero esta había encontrado un refugio en su mente donde se encontraba agusto y, en cierto modo, tranquila. Veía a Magena hablarle, pero apenas la escuchaba, y Magena se fue. Pudieron pasar horas, tal vez, hasta que algunas palabras empezaron a sonar en la mente de Wakanda, como si fuesen un eco o una ensoñación: ira, deseos, odio. Y, de pronto, dando un respingo, comprendió. Echó a correr, sus pasos la guiaban sin ella dar órdenes, hasta una cueva alejada del poblado. Llegó justo a tiempo de impedir el asesinato, pero se quedó mirando como Magena caía sobre Logan, que no esperaba esa actuación de su adorable compañera, como un animal rabioso, sacando toda su furia interna gritando y tirándolo al suelo mientras intentaba clavarle un puñal sobre el corazón. Logan le sujetó la mano y, a pesar de sus esfuerzos, la mano que empuñaba el puñal no cedía ni un milímetro, cosa que hacía enfurecer a Magena aún más. Entonces Wakanda, despidiéndose de sí misma, dejó caer su cuerpo sobre el cuerpo de Magena mientras empujaba con todas sus fuerzas su hombro hasta que el puñal entró lentamente en el corazón de Logan.

Se hizo un silencio atronador con el único sonido de ambas respiraciones. Hasta que Magena, incorporándose y recobrando la compostura fríamente exclamó:

̶  No importa, volveremos a encontrarnos.

Wakanda dejó de mirar fijamente el cuerpo de Logan tendido en el suelo sin vida, para mirarla fijamente. Debió haber sentido un estremecimiento por todo su cuerpo al escuchar esas palabras, pero en cambio, no sintió nada.

Sabía que jamás podrían volver, sabía que Magena albergaba al espíritu maligno en su interior, y también sabía que su propia vida peligraba junto a ella, una vez desatado el mal. Así que, cuando se dispusieron a abandonar la cueva, Wakanda respiró hondo, y junto a Magena, el otro dos-espíritus al que amaba con todas las fuerzas de su existencia, y que había sido considerado por el clan, junto a ella misma, un enviado por Manitú, se sumergió en un camino desconocido e incierto, como inciertos y desconocidos son los caminos que construyen el alma humana.

martes, 19 de diciembre de 2017

Fin


No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos viven tan irrealmente, porque creen que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su mundo interior manifestarse.” 

H. Hesse



La noche ha caído
en el camino arbolado,
por el que de cuando en cuando
dirijo mis pasos
hacia un destino tan cierto
como desesperanzado.
Todo empieza con el viento
ese viento unas veces suave
otrora huracanado;
llega anunciando el desvarío
de una historia que no por conocida
es menos deprimente.
Sé, que pasado un tiempo,
sólo me espera la muerte.
Despertando mi conciencia
vine a verme en esta suerte de artilugio
parido por alguna mente perversa,
que me convierte
en marioneta de unos hechos,
en carnaza en un día de pesca.

Noventa y tres.
Noventa y tres es el número.
Noventa y tres es mi sino.
No sé qué significa,
no sé quién lo establece
pero sé que es el número que marca mi destino.

No recuerdo mi nombre,
no sé por dónde haya venido
solo sé que mis pasos avanzan
torpemente por el camino,
envuelto en sombras que
ennegrecen mi entendimiento,
cuando de nuevo lo percibo,
ese murmullo, ese ruido.
Algo me persigue.
Y esa voz que me atosiga
mientras mis pasos se atropellan en la huída.
De pronto, me salen al paso.
Me rodean y me acorralan,
y al verlos frente a frente
los recuerdos se agolpan en mi mente.
Y es entonces cuando comprendo
que todo esto ya lo he vivído.

Noventa y tres.
Noventa y tres es el número.
Noventa y tres es mi sino.
No sé qué significa,
no sé quién lo establece
pero es el número que marca mi destino.

Mi nombre es Juan,
y ahora sé cuál es mi delito.
Intento cambiar el recorrido,
mas mis piernas no obedecen mi mandato.
Aunque recuerdo, aunque estoy vivo
sé que la muerte me ha acechado antaño
y sé que es hoy, de nuevo,
cuando me arranque de su lado.

No recuerdo cuál es su nombre,
mas si me concentro
son un ciento los que van y vienen
sólo nombres, sólo caras
atormentando más mi enloquecida mente.
Son ellos quienes me persiguen,
-aquellos a quienes mi corazón ama-
son ellos quienes me matan.
Son ellos quiénes me apremian
quiénes buscan sólo mi muerte.
Y de nuevo el viento
y de nuevo el eco:

Noventa y tres.
Noventa y tres es el número.
Noventa y tres es mi sino.
No sé qué significa,
no sé quién lo establece
pero es el número que marca mi destino.

De nuevo ese viento que, ahora sí,
anuncia el final del camino.
Hago aspavientos, golpeo al aire
a esas voces que ensordecen en un silencio enfermizo.
Y grito:
¿por qué me queréis muerto?, ¿por qué me habéis elegido?
Caigo por el precipicio.
Cuántas son las veces, no recuerdo
que he rodado por este abismo.
Sólo sé que al final está el número,
noventa y tres, otra vez,
y siempre una voz clara que anuncia:

Ya se ha acabado.
Juan ha muerto.
He acabado de leer el relato”.

Sólo me queda esperar
a que llegue otra vez la pesadilla,
que de nuevo alguien me mate
cuando escojan el libro en el estante.

lunes, 30 de octubre de 2017

Los cazadores




                                             


  • Mariana, levántate, que ya han llegado los primeros, - dijo aquella mujer enjuta mientras abría enérgicamente los postigos de la ventana.
  • Hoy no, - fue lo único que respondió aquella casi niña antes de taparse por completo con la cobija de la cama.

Llevaba toda su vida, desde que la gente se empeñó en llamarla santa, atendiendo a todos aquellos que venían en busca de soluciones a sus problemas. Ella, cuando era pequeña creía que la gente estaba un poco mal de la cabeza. Se lo tomaba como un juego, y no podía ser de otro modo porque era tan solo una niña. En cambio, para su madre, aquello fue toda una bendición. Viuda desde que Mariana contaba con dos años, con otras tres hijas mayores, y a cargo de un hermano de su difunto marido que el pobrecito no andaba bien de su cabeza, el hecho de tener una hija santa fue la solución a todos los problemas que a tanta mujer sola en aquellos parajes se le podían plantear. Pero, ahora, Maríana parecía que ya se había cansado de aquella situación que absorbía por completo su vida, y que no la dejaba ser lo que era: una adolescente de diesicéis años, con ganas de ir al baile del domingo, echarse un novio con el que casarse y poder salir de esa situación que estaba empezando a asfixiarla.

  • ¿Cómo que no?, - respondió su madre. Hoy hay más de treinta personas esperando. ¡Cómo que hoy no!, ¡hoy y todos los días!
  • Madre, he dicho que hoy no, - respondió tajante Mariana al borde de las lágrimas.

Acababa de cumplir los cinco años y había salido bien temprano a echarle de comer a las tres escualidas gallínas que tenían como pago por los trabajos de sus hermanas. Ella y su madre cumplían con los pormenores de las tareas diarias mientras que sus hermanas trabajaban en el pueblo. Manuela, había tenido suerte y se había colocado en la casa de un médico en Granada capital. Y las otras dos, Francisca y Antoñita, salían cada mañana a lavar ropas por encargo al lavadero del pueblo y, en las tardes, planchaban.
Estaba Mariana correteando a las gallinas, cuando un hombre se acercó. Ella se paró en seco y estaba a punto de llamar a su madre a gritos cuando el hombre se colocó el dedo índice de su mano izquierda delante de los labios mientras que con la derecha sacaba un libro del bolsillo de su gabán, captando así toda su atención.

  • Niña, ¿sabes qué es esto?, - le dijo con la voz en un susurro.
  • No, - contestó ella echando mano a cogerlo.
  • Esto es un libro, y en un libro puedes encontrar todas las palabras del mundo. ¿Tú quieres aprender a interpretar lo que hay dentro?

Aunque aquel hombre hablaba de forma que a ella le costaba entender, le contestó que sí, porque ningún niño contesta no a un “quieres” dicho con estusiasmo. Así que, así fue como cada día ese hombre acudió a esa misma hora durante el tiempo que Mariana necesitó para aprender a leer, sin que nadie más supiese de aquellas citas.


Fue por casualidad, si es que esta existe, que su madre y hermanas se apercibieran de que Mariana tenía un don. Comenzó a correrse el rumor y bastaron apenas dos meses para que a la puerta de su casa se apelotonaran las personas en busca de aquella palabra mágica que, a modo de consejo les obsequiaba aquella niña, tras escuchar detenidamente su conflicto personal. La gente resolvía sus cuitas en cuestión de días tras la pronunciación de aquella palabra que les abría los ojos con respecto a cómo debían actuar, y así fue como comenzaron a llamarla consejera, pero con el tiempo, pasó a ser una santa. Ella sólo escuchaba y escuchaba, y llegada la noche, para ahuyentar tanta desgracia impregnada en sus células, leía y releía aquel libro que atesoraba escondido tras algunos trastes amontonados en un rincón.

  • ¡Mariana, no me obligues a darte una paliza!, -casi gritó su madre. ¡Te he dicho que te levantes!
  • Y yo le he dicho, madre, que hoy no, ya no, - contestó tranquilamente Mariana.
  • ¿Pero por qué?, - preguntó la madre bajando el tono, tratando tal vez de convencerla.
  • Porque me he quedado sin palabras, sentenció.

Hacía cosa como de seis meses, en que junto con sus dos hermanas decidieron ir a Granada a visitar a Manuela. Ella nunca había salido del cortijo antes y, entonces, al comprobar la inmensidad del mundo, comprendió que su labor como santa había terminado. Sus ansias de comenzar su propia vida habían ganado la batalla. Según iban avanzando montadas en la diligencia, al pasar junto a una venta, una palabra se le vino a los labios: libertad. Y entonces comprendió que ahí tenía que buscar a la persona a la que dejarle el libro, como once años antes aquel hombre había hecho con ella. Y así lo hizo. Cada día al amanecer se desplazó a aquella venta a enseñarle el arte de la lectura a aquella mujer triste que había parido a seis hijos y todos se le habían muerto. No le preocupaba el abandono, en absoluto. Sus fieles no quedarían huérfanos, ya que, al fin y al cabo, todo está en los libros.  

lunes, 12 de junio de 2017

Y se quedó entre nosotros (Capítulo II)


Capítulo I: Y se quedó entre nosotros (pincha en el enlace para leer el capítulo I)



Aún no habían pasado las veinticuatro horas reglamentarias desde que Ev descendiera para mezclarse con los humanos, pero Re, ya se temía lo peor. Aunque su forma de pasar malos ratos no era para nada la más convencional. Canturreaba mientras toqueteaba todo lo que le venía en gana, y bajito decía en tono infantil:

         - Mira Ev, estoy tocando este botón, y no pasa nada.

Tan aburrido, tan aburrido estaba que acabó tocando y haciendo lo que realmente no debía, y acabó incorporándose a sí mismo la programación para la transmutación corpórea, aunque esta vez sí era la correcta, por lo que en cuestión de un par de minutos, Re estaba sobre la superficie terrestre con forma humana.

       - ¡Ala, qué guay!, soltó con cara de asombro al ver su nueva forma corporal, al mismo tiempo que daba un respingo al escucharse a sí mismo, y volvía a repetir:

        - ¡Ala, qué guay!

Re, no se paró a pensar en las consecuencias que aquella incursión en, lo que parecía ser tierra hostil, podía tener, no solo para su persona, sino para su propia civilización. Aún no sabían nada de aquellos terrícolas, y si resultaban estar tan avanzados como ellos, y descubrían la nave, que se había quedado adecuadamente escondida en modo camuflaje, su propio planeta se encontraría en grave peligro. Pero mientras estas inquietudes flotaban en el aire, en cabeza de nadie, Re iba por las calles de aquel lugar dando saltitos como un niño pequeño, sonriendo y parándose a observar todo cuanto le salía al paso. Una de las características principales de la transmutación corpórea era la base de datos que llevaba incorporada de todos los idiomas propios del lugar, y con solo escuchar una palabra, de forma automática, se podía comenzar a entablar conversación. No había pasado ni media hora, cuando Re iba charlando y riendo con un grupo de especímenes jóvenes de aquel lugar.
Aquel día parecía ser fiesta. Todos los especímenes que se encontraba estaban de buen humor, se escuchaba música festiva (la música que, como las matemáticas, es lenguaje universal, formaba parte también de la idiosincrasia del pueblo plusvatino, por lo que no le era algo desconocido), y casi todos sujetaban con las manos unos recipientes en cuyo interior había líquidos de diferentes colores aunque había uno que era el que más se repetía. Él, que seguía sin medir las consecuencias de sus actos y movido por la energía que transmite el ambiente festivo, pidió probar aquel líquido. Y ¡oh, maravilla!, la ingestión de aquel caldo fresco, espumoso y dorado se convirtió en una experiencia suprema. Pasó largas horas charlando y riendo con unos y otros grupos de humanos, movido por la seguridad y valentía que otorga la ignorancia y los efectos de aquella bebida celestial, soltando la lengua sobre su procedencia y la misión que lo había traído hasta este planeta. Pero si había algo bueno que Re tenía, era esa ternura que despierta el entusiasmo de los niños pequeños cuando cuentan sus historias, y así fue como Re fue acogido en aquel lugar como uno más, consiguiendo hacer de su vida algo práctico y, sobre todo, al servicio de los demás.

Existen muchos tipos diferentes de ese líquido, y dicen los entendidos en materia que hay un tipo, que es el peor de todos. Pero como Re, no era entendido en nada, pasó toda su vida yendo de feria en feria, regentando un quiosco de venta de cerveza en cuya parte superior podía verse un letrero con un señor con un gorrito rojo y unas letras que rezaban “Cervezas Cruzcampo”.


EPÍLOGO:

En la Agencia Espacial Europea, aquellos días había un revuelo enorme. La confirmación de la existencia de otras formas de vida avanzadas había llamado a nuestra puerta, prácticamente. Se había hallado una nave espacial orbitando sin tripulación alrededor de la Tierra, esquivando satélites meterológicos y de comunicaciones. La voz de alarma ya se había dado a los Estados Unidos, Rusía, la OTAN entera estaba en alerta máxima, puesto que estaba claro que se habían infiltrado entre nosotros, y eso significaba, con toda seguridad, una pronta invasión extraterreste.


lunes, 8 de mayo de 2017

Todos los muertos


(…) “¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz como Lázaro espera
que le diga «Levántate y anda»!”
Rima VII, G.A.Bécquer


A sus ochenta y cuatro años era difícil adivinar el color cobrizo de su pelo a no ser por la espesa barba que cubría la parte inferior de su rostro que, aunque con abundantes canas también, seguía manteniendo el pelirrojo que antaño luciera toda su cabellera. Hacía tiempo que su andar era taciturno y su gesto cabizbajo, y no era para menos. Edward Murray, había sobrevivido a una guerra mundial y a sus horrores; formó parte de la 51ª División de Infantería de las Highlands, o tierras altas de Escocia, entró en batalla en el norte de África, pero fue enviado de vuelta a casa a causa de un disparo que recibió en su pierna derecha, herida que aún hoy le sigue informando de los cambios de tiempo atmosférico con exactitud matemática; así se libró de formar parte del desembarco de Normandía. Aunque librarse no era una palabra que le gustara para referirse a este hecho, porque en su interior sentía la decepción de no poder rememorar el sonido de las gaitas de su tierra natal en el campo de batalla en un momento histórico tan señalado. Había sobrevivido también a la muerte de su esposa, víctima de la gripe, cuando sus dos hijos contaban con tan solo siete y doce años de edad. A pesar de que hacía casi cuarenta y cinco años de aquello, seguía conservando su recuerdo con mucha ternura, ya que se habían casado muy enamorados. No volvió a casarse, aunque algún que otro escarceo sí que había tenído. Ninguna otra mujer le había parecido bien para volverse a casar, o tal vez, es que el matrimonio ya había perdido para él el brillo de la primera vez. No engañó a ninguna de ellas al respecto, pero es que tampoco era ningún monje. Y, por último, había sobrevivido a la muerte de sus dos hijos, a edades bastante tempranas. Uno a causa de su adicción a las drogas, y el otro, en un desafortunado accidente de tráfico. Ninguno de sus hijos tuvo descendencia, así que cada nuevo día suponía para él iniciar un camino con su andar taciturno y su gesto cabizbajo, puesto que la vida lo había dejado solo frente a un destino silencioso en una casa silenciosa.

Le gustaba madrugar bastante y deambular a esas horas en las que el día se confunde con el ensueño, por la calles de su ciudad natal, Fort William. Hacía tiempo que el encontrarse con conocidos y entablar conversación con ellos se había convertido en una tarea ardua que llevar a cabo, y a esas horas, las personas con las que se iba tropezando no tenían ni tiempo ni ganas de charla, así que, sin duda, no había mejor momento para el paseo. Sabía que pronto su tiempo en este mundo se agotaría, y quería disfrutar a solas de lo único que le quedaba en el mundo, la ciudad que lo vio nacer y sus recuerdos. Tantas vueltas le dio a esos recuerdos durante tanto tiempo, que una mañana fría del mes de mayo algo en su interior cambió. Un acto de rebelión le llevó a encaminar sus pasos a otras horas hacia otros lugares, porque sintió el impulso de cambiar sus tediosos días y hacer algo con su vida, al fin y al cabo, aún no había muerto. No quería que su paso por el mundo quedase en nada, ni el suyo ni el de aquellos a los que había amado. Era su particular última batalla contra la muerte, la muerte de todo lo que acompaña a las personas una vez dejan este mundo, sus recuerdos, sus inquietudes, sus motivos. Había decidido iniciar la elaboración de su árbol familiar. No tenía ni idea de cómo ni por dónde empezar, así que decidió empezar por la historia de la Tierras Altas a ver si encontraba algún hilo del que tirar. De la noche a la mañana se volvió el personaje más popular de la biblioteca municipal, buscando, preguntando, fotocopiando, a cualquier hora de cualquier día allí lo podías encontrar.

El sábado en que Helen acudió a la biblioteca para la lectura de una de sus novelas, como venía haciendo una vez cada cierto tiempo, Edward, levantó la vista y dejó sus ocupaciones para formar parte del numeroso grupo que había acudido a escucharla leer. Disfrutó enormemente de aquel silencio mecido por las palabras, y cuando la lectura terminó, no lo dudó, se acercó a aquella menuda y rubia mujer, con aquellos enormes ojos castaños escondidos tras los cristales de sus gafas, y sin más presentación le preguntó:

  • ¿Escribirás tú mi historia?

A lo que Helen, que llevaba tiempo sin poder escribir nada, le contestó que sí.

Edward, de la mano de aquella mujer, visitó archivos públicos y registros privados de los castillos de algunos de los clanes de aquellas tierras, viajó de la Biblioteca Nacional de Escocia en Edimburgo al archivo de la magnífica biblioteca municipal de Inverness, hasta que sin darse cuenta, habían conseguido estirar el hilo hasta finales del siglo XVIII, donde, definitivamente, el hilo se perdió. Fue el momento en el que sentarse y comenzar a escribir la parte que a él le correspondía contar, tal vez la más dolorosa.

Biblioteca pública de Inverness, Escocia


                                                                                                                                                 
Habían pasado casi cuatro años desde su primer encuentro cuando el ímpetu invertido en aquella empresa comenzó a pasar factura, y con ochenta y ocho años de edad, Edward murió. A su funeral acudieron todos los habitantes de Fort William, algunos buenos amigos hechos en Inverness y en Edimburgo, y los trabajores de la editorial que había publicado sus trabajos de investigación junto con sus memorias un tanto noveladas.

A los viandantes que pasan cada día junto a la biblioteca de Fort William les cuesta no ver a aquel hombre mayor y aquella mujer joven sentados en una de las mesas en una esquina de aquella sala con ventanales a la calle, con las cabezas embutidas en libros y papeles. Pero eso es lo de menos, puesto que Edward había ganado esa última batalla. Y es que ahora no descansa, ni lo hará nunca, ya que su nueva morada no es cualquier cementerio de cualquier lugar, sino uno de los millones de estantes clasificados que hay en el mundo en ese lugar donde habitan todos los muertos que nunca morirán, a merced siempre de unas manos que lo elijan y unos labios que lo lean.


sábado, 8 de abril de 2017

Leyendas de ultramar



Aprendimos a mirar
con la duda entre los dedos y a tientas
descubrimos que al final,
las palabras que no existen
nos pueden salvar, sin hablar.”
Rey Sol. Vetusta Morla

Hubo un tiempo tan antiguo que ni los viejos más viejos que los viejos pueden ya recordar. Hubo un tiempo tan antiguo que las palabras ya cansadas y desgastadas dejaron de repetir sus historias. Hubo un tiempo tan antiguo al que ya nadie se refiere, ni siquiera los sueños pueden saber de su verdad.

Fue en aquel tiempo cuando el titán Hiperión y la titánide Tea engendraron a Selene, la más lozana, la más hermosa, aterciopelada y etérea de sus hijas. Prendados ambos de tanta maravilla, quisieron mostrarla al mundo al tiempo que protegerla, y así fue como la enviaron lejos aunque a la vista de todos, con su abuelo Urano, el firmamento, donde solo se mostraría en todo su esplendor en pequeñas dosis, en el momento del descanso y en fases que irían variando con los días. De este modo, ni permitían su comtemplación constante ni tampoco su olvido, consiguiendo un equilibrio perfecto en los anhelos por ella de los demás titanes, titánides y humanos mortales.

En aquel entonces su tía Mnemósine dio a luz a las nueve musas, al tiempo que el pastor Endimión vino también a este mundo. Pasado el tiempo, este comenzó con sus labores de pastoreo que lo obligaban a pasar las noches a la intemperie, y como no pudo ser de otro modo, quedó prendado de Selene. A ella, que habia pasado la mayor parte de su vida con la única compañía de su abuelo, observaba desde lejos, pero sin perder detalle, todos los acaecimientos divinos y humanos, comenzaron a llenarsele sus noches con una voz tenue pero que templaba su corazón, y que cantaba versos de los que solo se podía descifrar su nombre. Y es que las musas, ya habían emprendido su camino, haciendo del mundo algo mucho mejor. Llenándolo de música, letras, artes y, al fin y al cabo, amor. Y así fue que Selene y Endimión iniciaron un profundo, hermoso y sincero amor. Selene, que conocía el deseo de posesión de sus padres, al que antes de conocer a Endimión, había llamado amor, y anticipándose a su más que segura conspiración para separarlos, pidió ayuda a su tío Atlas. Selene confiaba en él, porque sabía lo que era ser castigado a la soledad más absoluta, ya que él se enfrentaba a toda la eternidad soportando el peso del mundo sobre sus espaldas, sin posibilidad alguna de redención. Y no se equivocó. Atlas, conocedor del mundo mejor que cualquier otro titán o dios que lo gobernase, construyó un fabuloso enclave en un lugar tan recóndito y escondido que jamás nadie lograría encontrar. Selene se desposeyó de su carne y dejó tan solo la roca en el cielo nocturno, y junto a Endimión partieron al abrigo de la noche a aquel jardín del Edén, al que en honor a su creador, llamaron Atlántida.


Apolo a la izquierda canta y tañe la lira, las musas le siguen danzando


Mientras tanto, las musas, espíritus libres y bondadosos que son, se encontraban contentas y orgullosas, celebrando la perfección con la que se había llevado a cabo el plan que entre todas habían urdido. Guardianas de aquel idílico lugar, fueron recorriendo el mundo, inventando rumores y leyendas acerca de aquel magnífico rincón, para que nadie lo pudiera olvidar. Para unos fue una gran potencia militar, para otros la mayor civilización jamás vista en el mundo, pero un lugar que intentar encontrar y saber de su verdad, para todos. Y pasaron los años, los siglos y los milenios. Pasaron los titanes y las titánides, dioses y diosas, héroes, hombres y mujeres; y ellas siguieron invadiendo el mundo con pequeñas dosis aquí y allá, de la maravilla conservada en aquel lugar. La que nunca permitirían que fuese olvidada.

Y, de pronto, unas notas musicales, una estrofa de un verso, o una canción; unas pinceladas multicolor en un lienzo, un paisaje o unos números exactos en un problema matemático tras su resolución. Y el estómago da un vuelco, y se ablanda un poquito el corazón. Son ellas, que en su incansable deseo de hacer de este mundo un lugar mejor, crearon y dejaron bien guardado el amor puro y sencillo, donde las pasiones humanas o divinas no pudieran mancillarlo, y a pequeños susurros al oído del poeta, del músico o pintor, mago o compositor, lo van regalando por el mundo, consiguiendo que cada quien a cada hora en cada lugar, en lo más escondido de su ser a lo único que aspire en el mundo sea a alcanzar ese estado de perfección que solo nos aporta el amar y ser amados. Serán las ciencias y las artes las que siempre hagan florecer la emoción del amor en los hombres, a la vez que se empeñarán en la eterna búsqueda de la Atlántida, ese lugar ideal, que no es más que el mundo entero.


Un mundo mejor es posible, solo cuando el amor echa a andar. Eso las musas lo sabían, y por eso, no nos abandonaron como a naúfragos en medio del mar. 

jueves, 5 de enero de 2017

Ruinas

Visito ruinas y me estremecen las fábulas elugubradas para intentar explicar su rápida y, más que probable, trágica desaparición. Una lagartija recorre las piedras tratando de absorber los tenues e invernales rayos de sol, los que siempre son iguales, seamos los de aquí abajo unos u otros. Las gentes sentimos curiosidad por lo que quedó largo tiempo atrás. Curiosidad triste, sumida en la melancolía, porque sabemos que ese es nuestro designio...desaparecer. Todo nace y todo muere en un ciclo sin fin donde el tiempo es la incógnita. 

Vivo en tiempo de tradición, de festejos que originalmente tuvieron una misión, y con el tiempo los hemos ido adaptando a los tiempos nuevos, a los "tiempos modernos". Mientras los niños festejan el advenimiento anglosajón de monstruos, demonios, vampiros, brujas malas y fantasmas, yo recojo el testigo de mi madre y recorro dos campos santos, acicalando las tumbas de mis muertos. Uno, el de mi ciudad natal, y el otro el de la pedanía que vio nacer a mi rama paterna de mi árbol de la vida. Y visitas obligatorias a aquellos que me vieron nacer, a mí y a mis hermanos, aquellos que nos han querido y nos quieren y, a los que quisimos y queremos como si la misma sangre corriera por las venas. Jamás me he preguntado las razones de tan estrecho vínculo, heredado de tiempos de mi bisabuelo, hecho que desconocía hasta esta festividad celta de Samnhain, convertida en la noche de difuntos por el cristianismo, en la que el velo que separa el mundo de vivos y no vivos desaparece propiciando la comunicación entre ambos; y es este día, cuando la tercera generación de dicha amistad cuenta a mi hermana, que cuando su abuela dio a luz a un niño enfermo de su cabeza, agresivo en ocasiones, mi bisabuelo no dejó ni un solo día de ir a su casa a ayudarla en las tareas que requiriese para con el niño. Acción por parte de mi bisabuelo, del que desgraciadamente no sé el nombre, provocada quién sabe por qué sentimiento de bondad, que unió en el tiempo a cuatro generaciones, aunque intuyo, y por ello lamento, que hasta aquí hemos llegado. Tal vez, por eso, la abuela, ha querido este año, en este día, que ese acto no se pierda en la memoria del tiempo, al menos de momento, y puso las palabras en boca del que fuera mejor amigo de mi padre, queriendo que la piedad que mi bisabuelo mostró, aún no quede en el olvido, y nos ha dejado ese conocimiento como herencia. 

Vivimos el presente, porque es lo único de lo que disponemos, y decidimos que el tiempo pasado, pasado es, y lo olvidamos, pero en su seno alberga grandes lecciones de amor que hacemos desaparecer con la desmemoria, sin darnos cuenta que nos vamos borrando a nosotros mismos, como borrado está el destino que sufrió aquella ruina romana que visité, y sobre la que en mi infancia, tanto jugué y, tanto tiempo pasé, sin saber de su existencia bajo mis pies. 

Somos porque antes han sido, y es nuestra obligación honrarlos. 

domingo, 13 de noviembre de 2016

Efecto mariposa

La ciencia se compone de errores, que a su vez, son los pasos hacia la verdad.”
Julio Verne

   


Efecto mariposa: Concepto de la teoría del caos. Si en un sistema se produce una pequeña perturbación inicial, mediante un proceso de amplificación, podrá generar un efecto considerablemente grande a corto o medio plazo.




Ginebra, año 2091

Ethan era un conocido nocturno en el centro de Organización Europea. Era uno de los pocos físicos que pasaba allí un gran número de noches trabajando hasta el amanecer. Le gustaba acudir allí por las noches por el silencio ya que durante el día era un continuo ir y venir. Desde que se retomaran algunas de las teorías propuestas por el genio Albert Einstein un siglo atrás, acudía al centro con un interés renovado. Al llegar aquella noche, preparó con pulcritud la lista de parámetros que debía introducir en la simulación, que aunque los tenía memorizados no dejaba de mirar para no cometer errores. A pesar de estar en una zona cerrada, una casi minúscula polilla le rozó con su aleteo nervioso la oreja derecha. Sobresaltado, pegó un manotazo al aire, y sin querer pulsó la tecla de puesta en marcha del Gran colisionador, sin terminar de meter los parámetros. Del susto, la sangre le invadió toda la cara dejándosela de color grana, y el corazón le latía tan fuerte que parecía que se quería salir del pecho. Acababa de poner en marcha el, comúnmente llamado acelerador, sin supervisión, y con una cadena de parámetros incompleta e incorrecta. Millones de euros invertidos para que él, ahora, provocara algún desajuste o avería. Esperó en silencio, casi sin respirar, al menos tres horas. Pasado este tiempo, no sucedió nada, salvo el mensaje de error que apareció en la pantalla, para luego desaparecer. Así que, aliviado decidió marcharse a su casa, y no volver a pensar en la maldita polilla que, impúnemente, había desaparecido por una rejilla de ventilación.

Granada, 1874

La noche se presentaba fresca e Hilario se preparaba para una noche más de trabajo. Acababa de sacar del armario la pesada capa que lo protegía del frío en las peores noches invernales. No había pasado aún el mes de noviembre, y las calles estaban cubiertas de un manto de hojas decrépitas. Lo que más le gustaba de su trabajo eran los eternos paseos por las calles vacías: el crujir de las ramas de los árboles, el susurro de las hojas en las noches de viento; y, el golpe seco y hueco que iban dejando sus pasos en el acerado, se convertía en esta época del año en el chisporroteo travieso de hojas al deshacerse bajo sus pies. Hacía tiempo que su madre había dejado de incordiarle con que sentara la cabeza y se buscara una novia, que ya a sus veintiocho años se iba a quedar para vestir santos. - ¡La culpa la tienen esos malditos libros!, solía gritarle. Pero a él, esos libros y Julio Verne, le habían salvado de sus noches anodinas, recorriendo calles, abriendo puertas y anunciando la hora y el tiempo a grito de – y serenooo. Él era consciente de que algunas noches perdía el sentido de la realidad, cuando al imaginarse protagonista de algunas de aquellas aventuras submarinas o viajes a la luna, su preferida, al escuchar cualquier sonido extraño proveniente de la noche, que siempre está repleta de sonido extraños, por un momento creía que se trataba de alguno de esos personajes que venía a hacerlo particípe de la acción. Luego, se reía de sí mismo, pero en el fondo reconocía que ese sería el mejor de los futuros que le podía esperar. Ese era su deseo real y más profundo: convertirse en el protagonista de una, o de miles de aventuras.
Esa noche, cuando Hilario inició su paseo, por la avenida arbolada, lo primero que hizo fue mirar a la ventana de la señorita Margarita. Aún se veía una luz encendida. Mañana era el día de su boda, y esta noche posiblemente, le costaría conciliar el sueño. Miró una segunda vez y allí vió su figura, saludándolo con la mano, y como si de un ritual se tratase, él le devolvió el saludo y prosiguió su camino. Acababa de corear las tres de la madrugada de nuevo a la altura de la ventana de Margarita, cuando una ligera brisa se levantó. Iba concentrado en el crujir de las hojas secas bajo sus pies y sintió como unas cuantas hojas cayeron a la vez al suelo tras él. Hecho sin importancia pero que le hizo volverse a mirar. No había nadie, como era de esperar. Miró a la ventana de Margarita, pero ahora estaba a oscuras. Le hubiese gustado ver su silueta saludándolo de nuevo. Siguió su trayecto con un cierto hilo de intranquilidad, al que no se atrevía a llamar miedo. Espantó los malos augurios de su cabeza y prosiguió dándole vueltas a De la Tierra a la Luna, de Julio Verne. A pesar de su insistencia en concentrarse en sus pasos y pensamientos, el viento no dejaba de arrastrar hojas al suelo tras él, lo que lo iba poniendo cada vez más nervioso. Así fue pasando el tiempo, hasta que a las cuatro y media de la madrugada vio encenderse la ventana de Margarita, lo que le dio cierta tranquilidad...

Pero, de repente, un estruendo magnético le provocó un agujero en el estómago, para luego convertirse en secuencias agudas de chillidos metálicos que como látigos le atizaban por todo el cuerpo, intentaba zafarse de una fuerza indescriptible que había surgido de la nada y que lo atrapaba sin piedad no dejándole ni emitir un minúsculo grito. Cuando Margarita se asomó a la ventana y miró tras el visillo, vio como, Hilario el sereno, primero se debatía a manotazos con el aire para en una décima de segundo después, desaparecer.


Los vecinos acudieron al auxilio de los gritos de Margarita que apenas podía explicar lo que había visto. Amaneció y la boda no se celebró. Su futuro esposo la repudió por trastornada, y todo el barrio se sumergió en un murmullo en el que daban diferentes explicaciones a la desaparición de Hilario. Unos vecinos decían que se había escapado con una fulana, otros que había sido testigo de un asesinato y, se lo llevaron por delante, y así, durante un tiempo hasta que las lenguas se cansaron de hablar y las mentes de inventar. Lo que sí era cierto es que Hilario, había emprendido un camino desconocido, donde la abertura en la línea espacio-tiempo provocada por Ethan, un par de siglos después, lo convertiría en el protagonista de multitud de aventuras en diferentes mundos y tiempos posibles, convirtiendo sus anhelos en realidad y, siendo, finalmente, feliz... o no.

martes, 2 de agosto de 2016

Canción otoñal



Canción otoñal (En los soportales)

Acumulamos tantos momentos en nuestras vidas, que, a veces, queda la sensación de no haber vivido todo lo intensamente que nos hubiera gustado. El sentimiento se dispersa entre tanto recuerdo y el regusto que queda es que ha sido mucho y malo. Cada vez que una relación entre dos personas, por corta y, aunque, solo en apariencia, poco relevante que sea, se acaba, solemos pensar que hemos estado perdiendo el tiempo. Yo he tenido esa sensación, no pocas veces, y lo he escuchado, también otras pocas veces, en bocas de otras personas. Y es que, tras cada ruptura o final, el desencanto, decepción y el resentimiento nos nubla el pensamiento, y no podemos más que pensar que de nada nos ha servido el tiempo y el esfuerzo dedicado a esa relación. Siempre nos queda esa sensación de vacío, de haberlo dado todo, y no haber recibido en la misma medida que dimos o nos hubiera gustado recibir. Y es que ese espacio dedicado al sentimiento, al compartirse uno mismo y esperar que el otro también lo haga, se hace tan complicado, precisamente por eso mismo, porque la medida no es la misma para todos, y también porque tenemos tendencia a generar expectativas en función del grado de ilusión. Hace poco he leído una frase en una novela que, no por simple, entraña cierta  complejidad:  "Estoy tan obsesionada con él, que pienso que todo el mundo lo está".  Podemos considerarla la madre de los celos, entre otras cuestiones. Y cuando el desencanto, la decepción y el resentimiento dejan espacio libre a pensar serenamente sobre esa relación, nos damos cuenta que todas ellas nos han aportado, si no mucho, algo importante que recordar. Hace unos días, sin buscarlo, me encontré con un texto que escribí en En los soportales. En él integré unas palabras que me escribieron, lo titulé Canción otoñal, y al volver a leerlo me estremeció. No sé cuánto de sinceridad había en esas palabras, y sinceramente, no me importa, sólo sé que hoy forman parte del bagaje romántico o sentimental que acumulo. Triste, con demasiado esfuerzo por mi parte y decepcionante, aunque en estos días para nada me resulta doloroso. En estos días pienso, que sólo me gustaría poder volver atrás, a los dieciséis, cuando me enamoré por primera vez de verdad, y poder volverme a enamorar de la misma manera.

" Me gustas cuando hablas,
cuando ríes
e, incluso, cuando no dices nada.
También cuando no estás
porque entonces me invade la melancolía.
Esa tan agradable que sube por la espina dorsal
como una tenue descarga de corriente eléctrica y, que
luego se torna en sosegada,
como una brisa leve
o un susurro en el viento del paseo...
Me gustas cuando llueve en el cristal,
debajo de la luz del flexo de mi mesa...
en la próxima cafetería o
en los kilómetros de la carretera ."


jueves, 14 de julio de 2016

Vivir en una isla

Cuando era pequeña y llegaba el verano, teníamos por costumbre convertirnos en domingueros. En aquellos tiempos me disgustaba ese calificativo, puesto que nos convertía, al mismo tiempo, en gente de pueblo, que pensaba yo por entonces, con menos glamour que otras gentes, llegadas quizás, de la capital. Primero, éramos domingueros en familia: padres, tíos, primos, vecinos, y gente desconocida; más adelante pandilleros domingueros, para luego pasar a otro nivel, que consiste en pisar la playa de higos a peras, que dice el refrán, al menos en mi caso. Tanto si era en familia como en compañía de los amigos, a la vuelta siempre la acompañaba un sentimiento nostálgico y cierta reticencia a abandonar el lugar. Recuerdo cómo la noche iba cayendo lentamente, y desde mi asiento, con los viajeros en silencio agotados  tras exprimir cada segundo del día,  aprovechado cada rayo de sol, saltos sincronizados con las olas o remolinos de la brisa marina, mecida por el traqueteo del autobús y arrullada por el sonido del motor, veía cubrirse de luces nocturnas el horizonte, y también recuerdo alguna ocasión en la que la luna llena era dueña y señora del cielo tras haber dejado su rastro en esa mancha ahora oscura que era el mar. Era en esos momentos cuando me asaltaba la idea de que, por bueno que hubiera sido el día, me estaba perdiendo lo mejor. Y es que toda una vida distinta se me figuraba en la noche a la orilla del mar. Quizás es por eso por lo que siempre he deseado vivir donde los paseos al atardecer te llenen de fina arena los pies. Hoy formo parte de ese paisaje de luces nocturno, soy una de esas luces encendidas tras una ventana. Y como todo en la vida, hay una gran diferencia entre imaginar y convertir lo imaginado en realidad. Paseo a la hora en la que se encienden las luces, en busca de la arena, y comprendo que la vida no tiene nada de especial en este o en otro lugar, que es el verano, el que con su anhelo de vivir el poco tiempo del que dispone, adorna todo con las mejores galas que nos pueda ofrecer: gentes relajadas. niños arrugados en las piscinas o en el mar..., tanta luz, y música, tanta música por donde quiera que vayas acompañada de coros de niños que al unísono te sorprenden y te arrancan la mejor de las sonrisas,  que llegas a dudar si las melodías que escuchas no sean acordes que exhale el viento con la brisa del mar.

viernes, 3 de junio de 2016

Es por ti

Existe un lugar en el mundo al que no podemos acceder. Existe un lugar en el cielo al que todos anhelamos llegar, aunque no nos es posible, para ello tendríamos que aprender a mirar con ojos nuevos. Existe una mirada que nos envuelve allí donde vayamos, pero que en la mayoría de los casos no somos capaces de ver. Es la culpa que hemos de pagar. Existe un lugar donde nos esperarán.
Llegan, y su sola presencia llena el tiempo y el espacio de voces de ternura, de peleas tontas, de caricias, del silencio cómplice. Sólo compañía, solo amor. Amor sin celos, amor sin posesión, amor sin memoria. Amor sin más. Existe un lugar donde deseo algún día llegar. Lo único que podemos hacer los que te lloramos es agradecerte el haber llenado nuestro hogar.
Espéranos, que allí donde estás, la espera será corta y placentera. 

Feliz partida y felices reencuentros.  


lunes, 25 de abril de 2016

En días de infortunio



Dicen que cuando una puerta se cierra se abre una ventana y, que cuando alguien dice que no cree en las hadas una muere en el País de Nunca Jamás.

Margarita no entendía de problemas laborales, ni de problemas económicos, sociales, culturales ni sentimentales; no entendía que nacer y vivir en este mundo es solo una cuestión de suerte. Ella nació siendo víctima, como también nacieron víctimas sus hermanos, y como anteriormente nacieron víctimas su madre y su padre también. Víctimas de un sistema, de una sociedad y de una forma de vivir. 

Margarita llegó la tercera, y tras ella llegaron dos niños más, siendo ella la única niña en el ecuador de cinco hermanos. Nació simpática, guapa, con un salero y un desparpajo que conmovía y enamoraba a quien la conocía. Virtudes que en este mundo bien podían ser un premio o convertirse en motivo de esclavitud.

Cuando su padre y su madre sin proponérselo acabaron siendo padres por primera vez, eran demasiado jóvenes. Hijos de familias que, a su vez, sus padres habían sido demasiado jóvenes, e inmersos en un círculo de pobreza e incultura que les impedía avanzar. Pero estos niños habían nacido bajo buena estrella. Se criaban gracias a la caridad, a medias estatal y a medias cristiana.  Internos en un colegio, estaban bien alimentados, bien vestidos, iban a la escuela a diario, gozaban del calor de maestros y compañeros, supervisados por la gran institución estatal, pero también y más importante aún, gozaban de un padre, que a falta de grandes entendederas les daba lo único que podía darles, la dedicación que les era permitido y el amor fraterno que ni la pobreza ni la falta de letras le podía arrebatar. Amor que era correspondido por esos cinco niños que sentían por él verdadera adoración.

Y así se fueron sucediendo los años de la mejor manera posible, hasta que un día, cuando Margarita era una niña de siete, aquella buena estrella cambió de destino, y un día de vacaciones de Navidad, su madre decidió que ya no los quería más, que correría tras aquel galán guapo de brazos fornidos, que le prometió una vida plena a un millar de kilómetros de su pueblo natal. Se los metió debajo del brazo, y al responsable que había de guardia aquel día en el cuartel le dejó de regalo a los cinco que un día viera nacer, mientras su padre se desgarraba impotente tras los muros de aquel cuartel esposado de pies y manos por culpa de una ruin mentira. Y así fue como la buena estrella de aquellos niños se apagó.

No pasó mucho tiempo hasta que el furgón que vendría a llevarlos a una nueva casa, que no un hogar, aparcara a la puerta de aquel lugar, y al subir Margarita junto a sus hermanos llorando y temblando de miedo, sintió el fuerte portazo tras de sí. Pero no hubo ninguna ventana que se abriera por ningún lado dejando entrar una ligera brisa con la que volver a respirar.  

Hoy han pasado once años desde aquel día. Hoy es el décimo octavo cumpleaños de Margarita, aunque no hay nada que celebrar, tan solo una maleta junto a una puerta que nunca cruzó de la mano de una nueva madre que la quisiera. Margarita sabe que la van a ayudar, pero hoy recuerda a sus hermanos, a los que perdió cuando los adoptaron y a los otros que perdió el día que cruzaron la misma puerta que hoy ella debe cruzar. Siempre soñó con el reencuentro, pero no sabe ni cómo ni por dónde empezar. Y firme bajo el umbral de la puerta, agarra fuertemente la maleta, respira hondo, y con el miedo mordiéndole la boca del estómago, unas palabras no dejan de revolotear  en su cabeza, unas palabras que leyó en algún cuento infantil: “no creo en la magia, no creo en las hadas”, se repite. No se atreve a pronunciarlas en voz alta por temor a ser ella el hada que muera en el País de Nunca Jamás.

jueves, 8 de octubre de 2015

Solo la tierra es testigo


Mi abuela nació en el año 1912, por lo que cuando se hundió el Titanic, la Tierra ya contaba con su presencia. Nacida de una familia de posibles venida a menos, según tengo entendido por culpa de las malas artes de las que presume el juego, comenzó un camino de penurias cuando a los dos años de edad, su madre, mi bisabuela, murió de gripe. Casada bastante joven con un hombre que no le dio buena vida se dispuso a parir a mi madre un año antes del alzamiento del militar, posteriormente caudillo de este nuestro país durante cuarenta años. Siendo así las cosas, madre de dos bebés, tuvo que sufrir una cruenta guerra civil, como lo son todas las guerras, corriendo de un lado a otro con los niños a cuestas según el pánico y las gentes la iban guiando; el fusilamiento de un hermano (cuyo nombre no aparece en el monumento en honor de los asesinados en aquellas fechas situado en el campo santo de esta mi localidad, aunque ya estoy yo para recordarlo), todo ello aderezado con las malas prácticas de aquel que fue mi abuelo, al que le gustaba mucho el vino y peor le sentaba el beber, y el que creía que ella y sus hijos bien se podían alimentar de la caridad mientras él acumulaba y escondía las perras que ganaba con su oficio de barbero. 

Hoy me ha venido a la memoria mi abuela, que ella, y tantas otras como ella, sola sabrá el sufrimiento que se llevó a la tumba, por culpa de una avioneta. En mi adolescencia me solía reír de ella, ingenua adolescencia, cuando al oír una avioneta o un avión surcando los cielos, no podía menos que echarse a temblar y ponerse a rezar, para que "el aparato" pasara de largo y no soltara ninguna bomba.  Escucho la avioneta, y como buena habitante de pueblo, o de provincias, que también nos suelen llamar, salgo corriendo a la ventana a verla pasar, y me entristezco mucho por mi abuela, porque lo único que me trae a mí al recuerdo es una escena de la película El paciente inglés.

Solo la tierra es testigo, y con suerte también las piedras. Los demás no tenemos derecho a juzgar.




A mi abuela Josefa

viernes, 3 de julio de 2015

Y se quedó entre nosotros


Aquellos días había un gran revuelo en todo Plusvatia. Se acababa de descifrar el mensaje llegado desde el espacio exterior. Su origen se situaba en una zona desconocida y aún sin explorar. Un planeta pequeño en el sistema de una estrella mediana en un brazo exterior de una galaxia espiral. Planeta Tierra, lo llamaban aquellos seres desconocidos hasta ahora. Este descubrimiento marcó la infancia de Ev, el cual convirtió en su único objetivo viajar a aquel lugar.

Cuando Ev entró en la escuela de viajes estelares, no pudo tener peor suerte con el compañero que le había sido asignado. Era Rebec, sobrino del Príncipe Interplanetario, al que todos llamaban Re, la persona más torpe que jamás había nacido de linaje real. Especialista en desbaratar cualquier plan con alguna torpeza. Su familia lo colocó allí, para perderlo de vista durante los viajes estelares, y ahora, era en quién debía depositar una confianza ciega.

                                               
Cuando Ev acabó sus estudios, cum laude, era el mayor especialista en transmutación corpórea, reputado y respetado expedicionario. Sus misiones consistían en el estudio de otras formas de vida in situ, o lo que entendemos en la Tierra como cotilleo puro y duro. Y siempre junto a él, el piloto más desastre que había en el planeta: Re.

Acababan de llegar a aquel bonito lugar y se hallaban sobrevolándolo en modo camuflaje. Ev, estaba concentrado en la tarea que tenía frente a sí. Infiltrarse entre los humanos y obtener todos los datos posibles de la especie. Mientras que Re, lo único que tenía que hacer  era escoger un buen modelo de humano que copiar para la transmutación e introducir los datos fisiológicos de ese ser en un dispositivo que iba conectado al sistema nervioso central de Ev. Ahí estaba toda la programación para convertirse en humano y, posteriormente volver a su estado original. Por otro lado, las órdenes eran clarísimas, una vez Ev se inflitraba entre aquella raza, el plazo límite de espera eran veinticuatro horas, pasadas las cuales se le daba por desaparecido y se declaraba el lugar como hostil.

-         Re, ¿Tienes preparados los datos?, preguntó Ev escuetamente.
-         Sí, respondió Re con una sonrisa bobalicona.
-         ¿Has programado correctamente el procedimiento inverso de la transmutación para volver a mi estado normal?, insistió Ev con desconfianza.
-         Sí, claro, ¿por quién me has tomado?, le reclamó.

Por el plusvatino más tonto que he conocido, pensó Ev.



Apareció sobre un camino de suelo gris donde se escurría un poco al avanzar. No vio a nadie. Comenzó a desplazarse dándose cuenta en ese momento que iba a cuatro patas. No había dado más de veinte pasos cuando se topó de frente con dos especímenes diferentes entre sí que acababan de doblar una esquina. Uno iba a dos patas, y el otro a cuatro, pensando que este último era el ser con inteligencia superior, ya que se desplazaba como él. Pero algo iba mal, ya que era el que iba a dos patas el que emitía sonidos similares a un lenguaje elaborado, y que pareció sorprenderse mucho al verlo allí. Emitió unos sonidos, que supuso serían palabras, que él no pudo copiar, y en ese mismo momento el pánico lo invadió. Intentó volver a su estado natural, aunque pusiese en riesgo la misión, y por más que lo intentó no lo logró.

¡Maldito capullo enchufado!, un grito atronador que solo se escuchó en el  interior de su cabeza. ¿En qué me habrá transmutado?


Como el ser a dos patas le iba haciendo señas para que lo siguiera, decidió que esa, de momento, era la mejor opción hasta que algo se le ocurriera para escapar de allí. Mientras seguía a aquel ser, observó a más como él que se iban parando y hacían aspavientos mientras lo observaban, emitiendo unos sonidos extraños, a veces, estridentes,  que no eran palabras pero que les proporcionaban gran placer, eso era evidente. Lo seguía por inercia, atrapado en el cuerpo de un ser que no era el dominante, en un planeta extraño y sin posibilidad de escapar. Se temía lo peor. Y no se equivocaba. Después de un largo paseo por un camino de tierra y polvo, se abrieron unas grandes puertas ante él y con auténtico pavor observó a un gran número de seres semejantes a él que lo observaban con una aparente plácida tranquilidad,  mientras que  el único sonido que acertaba a emitir era Beeeeeeeeee.